La sensibilidad pop y la exploración estimulante se encuentran en el cancionero siempre floreciente del riotercerense Sergio Cuello. El músico riotercerense, una de las joyas escondidas (al menos por ahora) de la nueva música argentina, celebra en este 2025 la llegada de su mayor proeza artística hasta el momento. Un quiebre definitivo para sus diferentes inquietudes creativas.
Tras un lustro de trayectoria incesante, con varios singles y EPs editados entre 2017 y 2022, el músico y realizador apretó “pausa”. Pensó, reflexionó, imaginó. Y finalmente se convenció de encarar el proyecto más ambicioso de su recorrido musical. Eso es, ni más ni menos, Tragos Caros: su primer álbum y el resultado final de un proceso que implicó viajar a los primeros días de la infancia para intentar comprender un presente muchas veces inquietante y desolador.
En las siete piezas incluidas en el trabajo producido junto a Rodrigo Molina (encargado de la mezcla), Cuello redefine su propuesta de canción pop preciosista y asienta definitivamente su nombre entre los compositores más lúcidos de su generación. A sus 29 años, el artista llegó a una síntesis de sus diferentes búsquedas para contar este relato musical que también tiene su paralelismo audiovisual.
Entre el día y la noche, la luminosidad y la penumbra, las canciones de Tragos Caros condensan los vaivenes de la vida misma y se hacen un lugar en la banda sonora de nuestras películas diarias. En este nuevo trabajo, Cuello no sólo se encargó de grabar y producir buena parte del material, sino que también tuvo a su cargo el desarrollo de una propuesta que lo encontró en el rol de cineasta y director del relato visual que acompaña al disco.
Atravesado por la nostalgia que trae la década de 1990 en su protagonista, este primer álbum es también un caleidoscopio de referencias contextuales y personales. Un cúmulo de imágenes y destellos líricos que abordan lo social y lo individual en medio de una atmósfera que intenta recrear la desolación y la ambigüedad de los años formativos de Cuello.
Por eso, y como contraparte necesaria desde lo cinematográfico, Tragos Caros también cobra forma de película musical. Allí, en otro gesto que desnuda las inquietudes del compositor, el relato audiovisual ilumina las zonas más explícitas de una historia atravesada por la vivencia particular del Menemismo y los años ‘90 desde Río Tercero (con todo lo que eso implica para una ciudad que estuvo a punto de desaparecer de la faz de la tierra).
“Es un viaje emocional que pasa por lugares lúdicos y oscuros, siempre bajo un aura de nostalgia”, sintetiza a su turno el autor de esta obra tan interdisciplinaria como genuina. “Es un laberinto de sensaciones que rememoran los años ‘90 en más de un aspecto. Canciones que proponen un coqueteo constante entre el placer y la incertidumbre. Una historia muy personal pero que podría atravesar a cualquiera que tenga memoria de aquellos años”, precisa Cuello.

